El imprevisible conflicto que se ha despertado en el Cáucaso puede estar emergiendo de cierta ansiedad que marca cada vez con mayor intensidad el enredado mapa geopolítico mundial. Este incidente entre Armenia y Azerbaijan reflotó el pasado domingo con un cruce de disparos de artillería que ha continuado hasta ahora con un saldo provisorio de 15 muertos, entre ellos un civil.

Esa zona es eje de un conflicto histórico entre el régimen azerí y Armenia enfrentados por la soberanía del enclave de Nagorno Karabaj. Ese territorio históricamente armenio había sido cedido a Baku por Josef Stalin en épocas que ambos países eran parte de la desaparecida Unión Soviética. Cuando la URSS comenzó a disolverse, la población de Nagorno buscó romper con Azerbaijan y la tensión degeneró en una guerra que acabó con la derrota azerí y la constitución de una república sin reconocimiento internacional, habitada por armenios, con documentación, signo monetario y símbolos armenios.

Ambos países reclaman como propio ese territorio y se han sucedido por años graves incidentes que siempre amenazaron con un desenlace bélico. El de estos días tiene ese signo ominoso. Azerbaijan, un país petrolero, aliado íntimo de Turquía, se ha venido dotando de una fuerte estructura militar. Armenia, por su parte, enemiga histórica de Turquía debido al genocidio del pueblo armenio a comienzos del siglo pasado, tiene una alianza profunda con Rusia dentro del llamado Tratado de Seguridad Colectiva, que implica que cualquiera de sus miembros que sea atacado debe contar con el apoyo del resto. Al revés que en otras ocasiones, esta vez se produjo una reunión de ese convenio militar con el guiño de Rusia, lo que brinda una idea clara de la gravedad del episodio que incluye entre las bajas a un alto general azeri. Moscú, en episodios anteriores, había evitado ese trámite y la señal que significa.

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Lo que llama la atención es la temporalidad en que esto sucede y que excede a los países protagonistas. Rusia y Turquía, los países patrocinadores de cada lado, tienen intereses en común en la región, que se evidenciaron en el largo litigio de Siria donde unieron fuerzas junto a Irán en defensa de la autocracia de Damasco. Pero esas coincidencias tienen límites. Los líderes de esto tres países, Vladimir Putin, Recep Tayiip Erdogan y Hasan Rohani se reunieron recientemente para afinar sus agendas en común. Donde no hubo acuerdos es en este pleito del Cáucaso, que de todos modos había navegado en forma lateral, muy lejos de escenarios más escabrosos como el de Libia donde rusos y turcos están claramente enfrentados por el control de ese país árabe petrolero, una confrontación que estaría, además, indicando una nueva etapa de distanciamiento entre Ankara y el Kremlin.

Una motivación para el resurgimiento del actual choque azerí armenio estaría basada en la urgencia. El polémico libro del ex asesor de seguridad nacional de EE.UU., John Bolton, The Room Where it Happened brinda algunas pistas en ese sentido. Ahí se revela que el presidente Donald Trump tenía una afinidad profunda con Erdogan al extremo que el presidente turco lo telefoneaba a la Casa Blanca varias veces por semana y la orden interna era que los llamados debían ser trasladados inmediatamente al mandatario. Esos gestos deben leerse como un aval de la mayor potencia global a este conflictivo miembro de la OTAN cuyos alcances median las circunstancias. Trump le ha dado una similar luz verde a sus aliados más profundos, como la corona saudita después del asesinato del periodista Jamal Kashoggi o al actual gobierno de Israel, en este caso para emprender la anexión de un amplio porcentaje de los territorios palestinos en la Cisjordania ocupada. Esta última comparación es instructiva.

El 3 noviembre hay elecciones presidenciales en Estados Unidos y no es claro cuál será el resultado, si Trump logrará un segundo mandato o será desplazado del poder por el demócrata Joe Biden, como parecen hoy anticipar las encuestas. Un cambio en el liderazgo de la Casa Blanca, implica la sospecha de una modificación total de la agenda insular que ha emprendido el gobierno norteamericano, pero esencialmente de los respaldos a las políticas de poder de estos aliados.

Equipo. El presidente Donald Trump con su colega turco Recep Tayyip Erdogan AP

Equipo. El presidente Donald Trump con su colega turco Recep Tayyip Erdogan AP

La preocupación de un resultado adverso, se puede leer en la urgencia, justamente, que indican los acontecimientos. Tanto en la presión en Israel para esa anexión cuestionada por gran parte del norte mundial y que posiblemente un nuevo gobierno norteamericano no avalaría, como a la definición manu militari del conflicto por Nagorno que seguramente Erdogan ha hablado con Trump en alguno de sus múltiples diálogos telefónicos. Ganar este último tramo para convertir en fáctico lo que antes se consideraba de complejas posibilidades, parece agregar otro temporal al desorden mundial. Y quizá ahí este la clave de este nuevo drama que debido a su magnitud y peligrosidad, como sucede claramente con el caso de Oriente Medio, debería esperarse que sea neutralizado antes de que escape de todo control.

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