Por Baal Delupi

Hacer discurso en este momento trágico es uno de los ejercicios más complejos y difíciles. Decir, puede decir cualquiera, las redes sociales nos muestran que segundo a segundo se escriben miles de comentarios que circulan en las distintas plataformas.
Hablar, también hablan los trabajadores de la intelligentsia (entiéndase, intelectuales), quienes han escrito largos discursos sobre el virus COVID-19. Hace casi dos meses que venimos leyendo disputas entre filósofos, antropólogos, sociólogos y comunicadores respecto de esta pandemia mundial.
De Agamben a Espósito y de Espósito a Nancy; de Žižek a Han y de Berardi a Butler, todos debates interesantísimos sobre el esparcimiento del virus en el año 2020 (si es que se termina en este periodo calendario). ¿Qué de estos enunciados son realmente novedosos? ¿No son acaso hipótesis que vienen trabajando estos autores desde hace muchos años? El armar comunidad en Žižek, la catástrofe tecnológica en Han, la precarización de las vidas en Butler, constituyen quizás una prueba más de que el intelectual contemporáneo no se arriesga a decir cómo va a ser el futuro. ¿Es deber del intelectual predecir lo que viene?
Hace pocos días, a propósito del debate intelectual, Emmanuel Biset, un importante investigador de CONICET de la ciudad de Córdoba, decía: “Alojar la incertidumbre significa, por lo menos, dos cosas: soportar el silencio y dar tiempo a la pregunta”. ¿Qué decir entonces en este contexto? ¿Qué enunciar que no se haya enunciado? ¿Tiene sentido decir algo, cualquier cosa, en un momento tan escabroso? Vamos a intentarlo.

En Latinoamérica, la expansión del virus ha tenido sus particularidades regionales. No es comparable el COVID-19 en China, que en Italia o España; mucho menos en Argentina. Cada región y cada país tiene su singularidad. Inclusive, al interior de nuestra región, Brasil, Chile y Argentina han manejado la situación de diferente modo. Quizás en ese orden, de peor a mejor: Brasil, donde su presidente Bolsonaro dice que el virus es algo menor, tiene más de 1250 muertos y más de 22 mil contagiados. Chile, que estableció una “cuarentena inteligente” (frase del presidente Piñera criticando los gráficos expuestos por el presidente de Argentina) tiene 82 muertos y 7.525 infectados. Argentina, que instauró una cuarentena total tiene 93 muertos y 2.200 infectados. Cifras que representan personas, y muertes que atraviesan a familiares y afectos.
Otra discusión refiere a la cantidad de test que se están haciendo en cada país. Se dice que en Argentina no se efectúan la cantidad necesaria y eso hace que las verdaderas cifras no se conozcan.

El Estado argentino obró de manera singular: rápido y efectivo. Logró, con el diario del lunes, tomar las mejores medidas que se podían en un contexto atroz. Cuarentena obligatoria con tan solo 50 infectados. Asimismo, otorgó dinero a las PYMES, los monotributistas y siguió con los planes sociales que tantas vidas salva en este país.
Por otro lado, el presidente Alberto Fernández trabajó codo a codo con especialistas de primer nivel para tomar medidas paulatinas que permitan reactivar la economía. Más allá de estas políticas, el presidente fue claro: “no hay un dilema entre salud o mercado, sino entre vida o muerte”.
Sin embargo, en medio de la catástrofe viral aparecieron escollos que fueron sorteados de una manera errónea: el amontonamiento de jubilados en los bancos que iban a cobrar su escaso sueldo, la no previsión de algunos sectores que se están fundiendo y que no tienen para pagar las cuentas, el no control riguroso y a tiempo de los precios de elementos esenciales (comida, medicamentos, barbijo, alcohol en gel, etc.), por nombrar algunos de los problemas que está teniendo el gobierno de Alberto Fernández. Aun así, el balance es bueno, la aceptación popular de las medidas y la proyección de un ethos pedagógico y paternal, le dan buenas mediciones al presidente, quien ha salido en todos los canales de televisión y ha realizado “vivos de Instagram” con múltiples artistas para llevar tranquilidad a los hogares.

Otro asunto que me interesa reprocharle al gobierno nacional y a los medios de comunicación nacionales tiene que ver con el centralismo porteño. El argumento de “se atiende más Buenos Aires porque es donde hay más casos” queda flaco en un país donde nunca se pudo dirimir el conflicto unitarios y federales. De las 24 horas que se emite televisión, apenas algunos minutos le toca al interior, y lo peor es que somos muy pocos los que pegamos el grito en el cielo por este asunto. Pareciera haber un menosprecio total por lo que acontece fuera de la gran capital.

Aquí, en la ciudad de Córdoba, los casos de infectados pasaron de 31 a 210, un número exorbitante que asusta y preocupa. El aplauso de las 21:00 a los trabajadores de la salud quedó eclipsado por el maltrato que recibieron algunos médicos de la ciudad y la provincia por estar “infectados y trabajando”. Esta información fue, en casi todos los casos, falsa. Gran parte de la culpa por la desinformación la tienen paradójicamente los medios de comunicación. Son ya famosos algunos casos como los del canal de TV C5N que tuvo que pedir perdón al aire por dar información errónea de un médico al que le dio positivo el test y que estaba trabajando cuando su novia había vuelto de Europa. Los columnistas del monopolio Clarín no se quedaron atrás con sus panelistas y columnistas especialistas en deporte, cocina y redes sociales, quienes señalaban y pedían perpetuas para aquellos ciudadanos que violaran la cuarentena (los motivos y los detalles parecían no importar).
Otro asunto para destacar es que cuando hablamos de “trabajadores de la salud” solemos olvidar a los bioquímicos, radiólogos y otros especialistas que al igual que los médicos ´transpiran la camiseta´ en este lío.
En Córdoba, el hashtag Quedateentucasa hizo inteligible comentarios policiales y fascistas, sobre todo de las clases medias acomodadas que con aires de soberbia trataban de pelotudos, chetos de mierda (el progresismo) o negros de mierda (la clase alta). Cualquiera de las etiquetas responde a retóricas de antaño que mejor olvidar. Pero qué se puede pedir en una de las ciudades (si no la más) más conservadoras de Argentina. Recuerdo aun la noche de los saqueos en el año 2013 cuando la policía se acuarteló reclamando mejores salariales (este aspecto merece un análisis aparte) y cientos de personas saquearon kioscos, almacenes y grandes cadenas de supermercado. Lo curioso del evento fueron los vecinos del barrio estudiantil Nueva Córdoba, quienes se organizaron con palos, cuchillos y cacerolas en forma de escudo para eliminar al objetivo, es decir, a quien quisiera saquearlos. La frutilla del postre fue el linchamiento a varios trabajadores en moto con gorrita que pasaban por la cuadra.

Por último, me interesa reflexionar sobre la virtualidad en las distintas áreas de nuestra vida: reuniones familiares, home office, clases virtuales, despidos virtuales, chat-sex, entre otros. Sin particularizar, porque eso correspondería a otro escrito, tengo la impresión de que hay una enseñanza que la virtualidad nos deja: la presencia del cuerpo es irreemplazable. Y seguramente los grandes impulsores de las plataformas (que sostienen argumentos de aquellos multimillonarios que las crean) me tratarán de conservador. Quiero decir brevemente que estoy a favor de que la innovación tecnología nos atraviese y nos convoque a convivir de otra manera. Pero no a cualquier precio, no aceptando “la tecnología por la tecnología”.
Si hay algo que circula en las redes es la palabra angustia. Yo mismo he realizado vivos de Instagram con especialistas de la salud mental a raíz de cientos de consultas sobre el tema. Más allá de la prohibición de salir, el miedo de perder el trabajo, el mal vínculo con los convivientes, etc., la frase que aparece de manera recurrente es “me siento solo y vacío. Necesito ver a alguien”. Y no solo se trata de ver a otra persona, el grito de muchos pareciera ser “necesito salir al encuentro”.

La suspensión del sentido, la no presencia del cuerpo ajeno (que también pone en crisis el propio), la imposibilidad de ver la reacción espontánea e inmediata de un alumno, el no poder tocar ni sentir la respiración del otro, hace que algo se haya perdido. Benjamin decía que el aura en la obra de arte es una “aparición irrepetible de una lejanía por más cercana que pareciera estar”. Eso, para él, es el teatro, y vaya casualidad que es el único arte que no se ha podido transmitir por un dispositivo tecnológico con éxito. El ejemplo primero que el autor da es “la puesta de sol”. ¿No es acaso la virtualidad una lejanía de algo que pareciera estar cerca? Intuyo que no, sino todo lo contrario. La virtualidad tiene muchas ventajas, pero su mayor defecto las eclipsa. ¿Cómo construir un acontecimiento dialógico irrepetible desde la virtualidad? No digo que esto no sea posible, simplemente que ahí falta algo que tiene que ver con el cuerpo y el vivo, con ese otro perceptible que va más allá de la mirada y el sonido, con ese instante fugaz al que no le puedo hacer doble click ni reset.