DEL PORTAL TELESUR

Desde marzo, cuando Estados Unidos cerró la frontera para hacer frente a la Covid-19, han sido expulsados 147.601 migrantes.

Aunque no es navegable para embarcaciones de gran porte, por la profundidad en algunos tramos o los obstáculos que lo dificultan, el “Bravo del Norte”,  que a simple vista luce aquietado, no es de fiar.

Pero el migrante solo ve su propósito y el ancho máximo de unos 15 metros. La vista corta ayuda al reto, aunque sus aguas bañan las dos orillas, por más de 3.000 kilómetros de longitud.

Aquí no importa que sepas nadar, la aventura tiene que ver más con las corrientes del agua y del destino. Quién puede saber cuándo liberan el caudal de la presa que lo alimenta, que lleva -sarcásticamente- el nombre de “La Amistad”. Cercana a la localidad Del Río, aumenta súbitamente la peligrosidad en sus aguas, próxima a Eagle Pass y Laredo.

Desde Texas a casi nadie se le ocurre tirarse, porque sinuoso, avanza su camino por El Paso hasta el Golfo de México, cerca de McAllen.

Aun la ruta más corta hacia la frontera de Estados Unidos, sigue siendo el sur de Texas, bien lo saben los migrantes. Algunos acostumbran a consultar mapas, a veces muy rudimentarios, por lo que optan viajar hacia las ciudades mexicanas de Matamoros, Reynosa, Laredo o Piedras Negras.

Entonces, para no ir de frente a los puestos fronterizos, unos deciden cruzar nadando el río Bravo -que ocupa casi la mitad de la frontera- pese al peligro que supone.

El límite terrestre entre Estados Unidos y México es similar a la longitud del río. La tercera parte la cubre un muro o valla metálica, en zonas urbanas.

Al oeste de El Paso, comienza la región desértica, cuya división lineal llega hasta las ciudades de Nogales, Yuma y San Diego, ya en la costa del Pacífico.

A nado

Una vez que terminan de inflar las cámaras de neumáticos, se encomiendan a Dios. Quien postea las imágenes, muestra a los tres niños y les pide a quienes estén “conectados”, las compartan -en las redes sociales- en el grupo de su pueblo, para que los vean partir.

Desde aquí comienza el suspenso. La ansiedad inquieta como en un triller -en vivo- si eres espectador de las redes sociales en el momento del espectáculo. Primero hay que alcanzar el suelo americano. Con suerte, alguien también lo sube a YouTube, por si logran el “sueño”.

Uno de ellos se tira adelante, para que vean la profundidad de las aguas, lo que anima a un niño de 10 años a mojarse en la orilla. La frialdad del agua y el miedo a la adversidad, lo sobrecogen visiblemente. Se baja del inflable donde ha estado casi sentado, mientras su padre metido en el agua, le dice que “así no” y le reitera que “en el nombre de Jesús, vamos a llegar”. Luego le pide que entre en el hueco del “salvavidas” y saque sus manos como remos. “Tranquilo, cero nervios, solo patalear y patalear y dale con las manos”. El niño asiente sin opción.

Del único salvavidas, donde va el niño, han amarrado una bolsita impermeable, que los sigue río abajo. El padre va delante, para confiarle que será su salvador. Chapalea con fuerza y su jadeo se escucha desde ésta orilla, donde quedan tirados los envases vacíos, los maltrechos zapatos y un pasado triste. Un pequeño grupo de personas, los observa desde el puente, de lado y lado.

Rodrigo

Su familia dijo que no sabía nadar, mientras contemplaban su cuerpo inerte entre los matorrales al sur del río Bravo. Con sus veinte años, emprendió esta cruzada junto a sus dos pequeñas hijas y otros parientes que pernoctaban en las carpas, al igual que unos 2 000 centroamericanos. Uno de ellos balbucea que alguien lo empujó, pero por temor, se calla.

Entre los hondureños, Rodrigo era conocido por su espíritu colaborativo, casi un líder para los que, desde hace un año, esperan asilo en el campamento mexicano de Matamoros. No se lo explican, quizá fue la desesperación que lo llevó hasta las aguas, después que supieron en agosto, que la Covid-19 invadió el campamento.

Familiares y conocidos de Rodrigo le dieron el último adiós. Fuente: La Hora

“Las condiciones higiénicas son malas y no sabemos cuándo vuelvan a abrir la frontera”, dice otro hondureño que huyó de San Pedro Sula. Si no salía de allí, podría ser la próxima víctima de los grupos criminales. Es normal que entre las familias haya miembros de la Policía Nacional Civil o del Ejército, lo que nos marca frente a las pandillas como la Mara Salvatrucha (MS-13) o el Barrio 18. Bien sabe que también están en el sur de México y Estados Unidos, aun así decidió pedir refugio en el norte, porque trae a su mujer embarazada.

Todos esperan por la cita con el juez. La respuesta del Protocolo de protección a migrantes conocido como “MPP” o “Remain in Mexico”, es la política migratoria del Gobierno de los Estados Unidos, vigente desde enero de 2019.

El Programa establece que las personas que ingresan a Estados Unidos, sin importar cómo entraron al país, y aquellas que manifiestan interés en pedir asilo, son regresadas a México a esperar todo lo que dura su proceso en la corte de inmigración estadounidense.

El origen del campamento es consecuencia del primer acuerdo firmado entre los gobiernos de Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador,  quien se comprometió a frenar el flujo migrante del sur. Un despliegue de miles de agentes de la Guardia Nacional lo garantizan.

“La gente no nos hace caso, ya no presta atención a los consejos que damos. Se les ha alargado esta difícil estancia, porque las cortes están suspendidas por tiempo indefinido. Eso hace que la gente se desespere y quiera cruzar el río”, aseguró la presidenta de la Asociación Ayudándoles a Triunfar, Gladis Edith Cañas Aguilar.

«Desafortunadamente, la mayoría de las muertes que se producen a lo largo de la frontera México-Estados Unidos, no se van a fotografiar. No van a estar en las primeras páginas de cualquier periódico, porque ocurren en el medio de la nada» señala el investigador Jason de León, antropólogo de la Universidad de California.

Un número inciertoson definitivamente las muertes entre los migrantes de la frontera de México con Estados Unidos. Las autoridades de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés) tienen un registro de 7.511 personas fallecidas entre 1998 y 2018.

El 37 por ciento de las muertes se produjo en Arizona. La peligrosa región desértica es habitada por animales salvajes, adaptados a temperaturas que pueden superar en un día de verano los 40° C y menos de los 0° C en las noches. La travesía lleva a los migrantes a desandar decenas de kilómetros por la inexplorada zona para evitar la visibilidad de la Patrulla Fronteriza y con suerte, si sobreviven, adentrarse sin ser localizados, en territorio de los Estados Unidos.

“Hay mucha incertidumbre, muchas personas están sin esperanza. No saben lo que va a ocurrir con ellas”, dice Marta Gómez, coordinadora de apoyo a albergues de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM).

El aplazamiento por parte del Gobierno de Estados Unidos para revisar las solicitudes de asilo, solo ha provocado la desesperación. Es lo único que explica que Rodrigo se haya planteado la idea de llegar a ese país, cruzando a nado por el río Bravo.

Desde marzo, cuando Estados Unidos cerró la frontera para hacer frente a la Covid-19, ha procesado muy pocos casos y rechaza a quien intenta cruzar irregularmente. Por ese motivo, han sido expulsados 147.601 personas, de las que 7.131 eran centroamericanas.

Volver a intentarlo

Es como la zanahoria al conejo. El programa para solicitantes de asilo es la promesa incierta de iniciar un proceso legal y la mayor probabilidad de una deportación segura.

Las repatriaciones actuales tienen la ventaja de que no queda registro. Estímulo para los miles de migrantes que avanzan hoy en caravana.

La tensión generada entre los gobiernos de Guatemala y Honduras, también se expresa en la contradicción de las cifras de retornos y en la apertura de Tegucigalpa para recibir a migrantes deportados.

La vicecanciller hondureña, Nelly Jerez, quiere concientizar a los padres de familia para que no expongan a los niños y niñas, a los peligros de la ruta migratoria. Advierte que no se dejen engañar por los traficantes. Habla de los coyotes, quienes aseguran que con los niños, es más fácil entrar a Estados Unidos.

«Eso es mentira. Los niños no pueden seguir siendo utilizados como pasaportes humanos; en esta caravana vimos dos menores abandonados, que ya fueron reunificados con sus padres, pero se sigue un proceso de audiencias para determinar por qué los pusieron en riesgo».

 

La última gran caravana que tocó México fue en enero 2020 con un cerco de soldados de la Guardia Nacional y un potente mensaje: cero indulgencia en su política migratoria.

El territorio mexicano se convirtió en un gran muro. Transcurridos ocho meses, la política sigue siendo férrea al respecto. Para que así conste, el Instituto Nacional de Migración junto a la Secretaría de la Defensa Nacional y la Guardia Nacional vigilan las 24 horas.

La rivera del Río Suchiate, en Chiapas, es uno de los principales cruces entre la frontera de Guatemala y México. Inspeccionarla no es tarea fácil, además de otros puntos en la frontera sur, como el del Ceibo, en Tabasco.

La advertencia emitida habla de cárcel con penas de hasta 10 años a quien ingrese a México y ponga en peligro de contagio a los ciudadanos. Es parte del protocolo sanitario del Gobierno de México durante la pandemia de Covid-19.

Esta caravana fue avisada por las redes sociales, invitándolos a unirse desde San Pedro Sula (Honduras). Dos días después sumaban unas 3.000 personas en Guatemala, estima el Gobierno, intentando frenar la ruta hacia el norte.

El desafío de quien emprende este azaroso camino va más allá de la pandemia, muestra de ello es que sólo algunos llevan masacrillas. El virus es tan letal como su propia realidad. Están curtidos como una piel tendida al sol.

Algunos acostumbran a consultar mapas, a veces muy rudimentarios. Fuente: Reuters

Cientos de migrantes, se enfrentan a la Policía Nacional Civil al sur de Guatemala, apostada en Rio Dulce. El presidente guatemalteco, Alejandro Giammattei, dio la orden de detenerlos. “Es mucha casualidad y cómo es que en Honduras, que hay hasta toque de queda, se permite que se integre este grupo”, dijo el gobernante un día después de la estampida.

Su decisión podría entrar en conflicto con el Convenio Centroamericano de libre movilidad -CA-4 -firmado en junio de 2006 por Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. El acuerdo establece la libre movilidad, sin restricciones adicionales, solo deben portar sus documentos de identidad nacional. Con excepción de los menores de edad, a quienes se les exige pasaporte, para evitar el tráfico ilegal de niños.

En los próximos días, el Instituto Nacional de Migración mexicano ha movilizado a sus agentes para la Ciudad Hidalgo. Justo frente a la fronteriza Tecún Umán, que lleva el nombre de un gran guerrero y último mandatario de los kʼicheʼ en Guatemala. De tal estirpe están hechos, capaces de desafiar los demonios y las exigencias del Gobierno de Estados Unidos a Centroamérica.

No fue necesario un muro más tangible, se ha hecho más ancho y fuerte. Y encima, tienen que pagar al crimen organizado que manda en la frontera. Aun así, los ninguneados volverán a intentarlo. Será después de sanar las llagas de los pies, las quemaduras de su cuerpo abrasado al Sol y de entender la naturaleza del miedo a lo desconocido.

La inseguridad, el abandono y el hambre son su trágica realidad, entonces el contagio parece una pálida preocupación frente a las amenazas cotidianas, con o sin pandemia.

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